Una jugada arriesgada
Esta no es la historia de lo que ocurrió en la Isla Huemul, frente a San Carlos de Bariloche, entre los años 1948 y 1952. No hablaremos aquí de cómo el físico alemán Ronald Richter convenció a Perón de que podía construir un reactor de fusión nuclear a partir de arcos voltáicos y resonancias magnéticas, ni de cómo el proyecto fue eventualmente clausurado cuando la comisión fiscalizadora del dr. Balseiro expuso las faltas del científico alemán. Esta no es esa historia.
Esta es la verdadera historia de la fusión nuclear.
A principio de la década del ’50, Estados Unidos y la Unión Soviética estaban trabados en plena carrera armamentística. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki ya eran cosa de ayer. La fusión nuclear, proceso de fundir dos átomos de hidrógeno liberando cantidades inimaginables de energía, tenía el potencial de cambiar por completo el panorama del mundo nuclear de postguerra. En los Estados Unidos el físico Edward Teller crearía la primer bomba de fusión de hidrógeno en 1952, inaugurando así una nueva fase de la Guerra Fría.
Pero la Unión Soviética no tardaría mucho en crear su propia versión. En la ciudad de Sarov vivía por esos años un joven físico llamado Andrei Dmitrievich Sakharov. Con solo 24 años, Sakharov trabajaba en el area de fusión nuclear, en el instituto central de física dirigido por Igor Kurchatov. La ciudad de Sarov era conocida como la “Ciudad Secreta”, porque allí se llevaban al cabo las investigaciones más importantes de la URSS. Todo el perímetro estaba controlado por el ejército, y los habitantes de Sarov vivían completamente aislados del mundo. Nada ni nadie podía salir ni entrar a la ciudad, sin someterse a una profundo escrutinio por los agentes de la KGB.
Sakharov trabajaba bajo la tutela del físico Igor Tamm, veterano de guerra y experimentado científico. El equipo de Tamm estaba encargado en ese momento del desarrollar la primer bomba atómica soviética: una bomba de fusión de hidrógeno. Sakharov colaboraba con este proyecto, pero el viejo Tamm, que ya había vivido los horrores de la guerra, animó a su joven alumno a buscar usos pacíficos para esa tecnología.
El desafío de construir un reactor de fusión nuclear que produzca energía consistentemente, está en cómo mantener estable un plasma de hidrógeno a cuarenta millones de grados (la temperatura de algunas partes del Sol). El Sol es, incidentalmente, el reactor de fusión más importante que tenemos a nuestro alcance, y no podemos decir que sea particularmente estable. Crear un Sol de bolsillo, acá abajo en la Tierra, es una tarea por demás desafiante. ¿Qué material podría aguantar tanto calor sin derretirse?
Andrei Sakharov propuso entonces, en 1951, un concepto revolucionario: el confinamiento magnético. La idea era simple, si no hay material que pueda contener un plasma a esa temperatura, entonces conviene suspender el plasma en el vacío. El reactor que diseñó Sakharov consistía en una cámara toroidal (en forma de dona o torus) rodeado de electroimanes en forma de anillos. El plasma quedaba suspendido en el aire, comprimido por la fuerza de los imanes que empujaban desde todas las direcciones, sin entrar en contacto con las paredes del reactor.
Sakharov presentó esta idea a su maestro Tamm, que se la envió a su vez al jefe del instituto Igor Kurchatov, que llevó un proyecto de reactor experimental, según el diseño del joven físico, ante el mismísimo Jefe de la URSS, Iósif Stalin. Pero el gran mandatario no estaba interesado en reactores: Stalin solo quería saber de la bomba. Había rumores de que Estados Unidos ya había desarrollado una bomba termonuclear que tenía un poder de 10 megatones, 650 veces más que las bombas de Hiroshima y Nagasaki. La Unión Soviética no puede quedarse atrás, insistió Stalin, si los americanos vencen, sería una deshonra para el gobierno de los trabajadores.
Decepcionado, Sakharov recibió el mensaje: a la URSS no le interesaba su reactor de fusión. Su investigación quedaría olvidada en algún cajón del instituto por el futuro previsible. Pero él creía que si lograba compartir sus descubrimientos con el resto del mundo, este nuevo modo de producción de energía podría desencadenar una revolución a escala mundial.
En un acto francamente temerario, Andrei Sakharov decidió que esto no podía quedar así. Con ayuda de su mujer, maestra de lengua en la escuela número 3 de Sarov, tradujo los escritos de su investigación al inglés lo mejor que pudo, borró su firma, y una noche, escondió los papeles entre diarios falsos que la KGB solía enviar a Estados Unidos para diseminar información falsa; con la esperanza de que algún físico norteamericano pudiera desentrañar el texto y llevar el proyecto adelante. Esto violaba un secreto de estado soviético y, de ser descubierto, Sakharov se enfrentaría a un exilio de por vida en Siberia, en el mejor de lo casos.
Los falsos diarios viajaron en tren, en automóvil y en barco, pero no llegaron a los Estados Unidos sino al puerto de Buenos Aires; interceptados por el ejército Argentino en una parada técnica en San Pablo. Allíi cayeron en manos de un traductor público encargado de documentos de inteligencia, que sin comprender la relevancia de estos extraños manuscritos, los apartó y se los llevó a su casa donde los compartió con su mujer. Maria De Angelis, una de las primeras físicas de nuestro país, formada en Córdoba bajo la tutela de Guido Beck (al igual que Balseiro); pudo desentrañar los fundamentos del confinamiento magnético. Esto no fue tarea fácil ya que el inglés de los Sakharov era esquemático y opaco, pero los dibujos y fórmulas matemáticas del científico soviético eran en cambio limpias y universales: todo lo necesario estaba allí.
Corría el año 1951, la Argentina se encontraba en su máximo esplendor, y Perón estaba por anunciar que un descubrimiento fabuloso había sido llevado al cabo en Bariloche, en la Isla Huemul. Sabemos, claro, que este descubrimiento nunca ocurrió, y que la farsa del anuncio presidencial pondría en vergüenza al proyecto científico argentino. Pero esta no es la historia de ese fracaso.
A partir de los estudios de Sakharov, María De Angelis preparó un proyecto de reactor experimental de fusión nuclear. Viajó a Buenos Aires donde se reunió con los mejores ingenieros del país para determinar la estructura y los materiales que tendría reactor. Hubo largas discusiones, y mucha gente se entusiasmó con el proyecto. Finalmente, María De Angelis se presentó en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) dirigida entonces por el coronel Enrique González. La científica explicó con lujo de detalles las bases físicas de la fusión de los núcleos de hidrógeno, la gran capacidad que tendría el reactor, el brillante descubrimiento del confinamiento magnético; y el increible potencial de una fuente de energía limpia, barata y casi ilimitada. El coronel González, colega militar del presidente de la Nación, un tipo bien intencionado pero no particularmente ducho en cuestiones científicas, le preguntó: “¿Y todo esto fue idea suya?”. Ella, que no conocía el autor original de la investigación, no pudo más que asentir. González le dijo entonces: “Señora De Angelis, su proyecto es muy interesante, pero la Nación no lo necesita. Ya tenemos la fusión nuclear, la descubrió el Doctor Richter en Bariloche. Pero le agradezco su interés”.
Y así fue.
Con el tiempo, el físico soviético Andrei Sakharov se convertiría en activista por los derechos humanos y la colaboración internacional en el campo de las ciencias; y su investigación sobre el principio del confinamiento magnético sería publicada en todo el mundo. Su acto de rebeldía, que en el año ‘51 no dio frutos, fue solo el comienzo de una larga militancia en favor del desarmamiento nuclear y en contra del autoritarismo que lo pondría en directo conflicto de interés con el Kremlin.
El Doctor Richter por su parte... bueno, ya sabemos cómo terminó esa historia ¿verdad?
Hoy en día los proyectos más avanzados de fusión nuclear controlada, incluído el reactor internacional ITER que se está construyendo en Caradache, al sur de Francia; se fundan el diseño original de Andrei Sakharov: el reactor nuclear de cámara toroidal y confinamiento magnético, conocido más comunmente como TOKAMAK.
Con respecto a María De Angelis, admito que ella nunca existió. La investigación de Sakharov no fue traducida en 1951, no fue interceptada en San Pablo y no llegó a la costa Argentina. La realidad es que nada escapaba a los ojos vigilantes de la KGB, en particular si provenía de la Ciudad Secreta. La investigación no llegó a manos de nuestros científicos, no existió proyecto de reactor experimental, y la reunión con González nunca ocurrió.
Sin embargo podría haber ocurrido, a menudo se dejan sentir versiones de esta historia en nuestro país y en todo el mundo; y vale la pena entonces preguntarse cuál es la responsabilidad de los científicos y cuál la de los administradores (públicos y privados) cuando se trata de la distribución de recursos para la ciencia.
Y vale la pena preguntarse también, cuando alimentamos la larga tradición argentina de elegir “a dedo”, a quiénes estamos dejando afuera.
Bariloche, Enero de 2021
manuelwinocur@gmail.com

Una jugada arriesgada por Manuel Winocur se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

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